En el centro de la composición, la figura yacente de Cristo ocupa un lugar preeminente. Su cuerpo, de una palidez cadavérica que resalta sobre el tono terroso del suelo, exhibe una anatomía marcadamente idealizada. Con los brazos extendidos y las manos abiertas, está listo para ser perforado.
Alrededor de Cristo, se despliega un grupo de verdugos, representados con una brutalidad que contrasta vivamente con la serenidad de la figura principal. A la izquierda, un hombre con el torso descubierto sostiene un martillo en alto, a punto de asestar un golpe para clavar la mano de Cristo a la madera de la cruz. Su rostro, sombrío y concentrado en la tarea, carece de remordimiento, encarnando la crueldad deshumanizada. Un poco más abajo, otro verdugo, también con el torso desnudo, se inclina sobre la madera, aparentemente perforando o ajustando algo; su rostro en sombras y su postura sugieren un esfuerzo físico.
A la derecha, en la esquina del formato, otro hombre robusto, arrodillado, saca uno de los clavos de un cesto. La representación de estos verdugos, con sus cuerpos robustos y expresiones brutales, subraya la violencia del acto. En un plano secundario, en la parte superior derecha, se ubica una escena previa: El expolio, donde se despoja a Jesús de sus vestiduras.
Un grupo de figuras, ubicadas en la mitad del formato a la cabeza de la cruz, entre las que se distingue a la Virgen María, observa con dolor y desesperación. María se inclina hacia adelante con las manos juntas en un gesto de súplica o lamento. A su lado, San Juan alza las manos mientras mira a la Virgen, compartiendo su dolor. Este grupo añade una dimensión de humanidad y compasión, equilibrando la crudeza del acto central.
La luz en la pintura parece provenir de una fuente externa, iluminando principalmente a Cristo y a los verdugos que lo rodean, creando un claroscuro que enfatiza la tridimensionalidad de las figuras y el dramatismo de la escena. Las sombras profundas en el fondo y en los rostros de los verdugos intensifican la atmósfera sombría y trágica.
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En 1801 don Juan Ignacio de las Casas levantó un inventario de los bienes de la entonces Parroquia de Chihuahua, por orden del Obispo (Bargellini, 1984, 91). En él se mencionan quince cuadros de la Pasión de Cristo que adornaban el cuerpo de la iglesia. Es muy probable que se trate de esta serie de catorce cuadros, pues es la única de temática pasionaria que conserva el Museo de Arte Sacro. Al parecer, en algún momento se perdió uno de los lienzos. Todos los cuadros de la serie, menos uno, tienen la particularidad de representar una escena José de Alcíbar Serie de la Pasión de Cristo 1776 Arte Virrenal 46 complementaria en segundo plano. Este recurso pictórico no fue exclusivo de José de Alcíbar, pero vale la pena examinar cómo se dan las combinaciones.
El siguiente cuadro se sitúa ya en el Gólgota, donde Jesús es despojado de sus vestimentas, acontecimiento ilustrado en la escena secundaria para posteriormente ser clavado en la cruz, tema central de la composición. El momento del expolio ilustra una nueva humillación al Señor, donde al quitarle su túnica, nuevamente se renovaron sus llagas, aunque no se perciben de manera tan directa como en la flagelación. Jesús está rodeado de algunos soldados. En la escena principal el Salvador aparece extendido sobre la cruz con la mano izquierda ya clavada, mientras un verdugo está ocupado en clavar la derecha y otro sostiene sus pies, y un tercero parece estar escogiendo un clavo. María, san Juan y la Magdalena, acompañan a Cristo.
Ninguno de los acontecimientos están narrados en los evangelios pero existe una amplia literatura devota e iconográfica en la que pudo inspirarse Alcíbar para la representación de estos momentos del sufrimiento de Cristo en su Pasión.
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