En el centro compositivo de la obra, la Virgen María sostiene tiernamente al Niño Jesús mientras ambos cabalgan sobre un asno. María está envuelta en un amplio manto azul, y el Niño aparece rígidamente arropado, con rasgos que evocan un canon infantil idealizado. A la izquierda, de pie, encontramos a San José, quien porta un bastón y un sombrero de ala ancha, vestido con una túnica parda y un manto ocre. A la derecha, una figura masculina alada acompaña a la Sagrada Familia, sujetando las riendas del asno; esta inclusión subraya el carácter narrativo de la imagen.
El fondo presenta un paisaje idealizado, donde una palma se alza prominentemente entre árboles frondosos. Un detalle notable en este plano es la imagen de una columna con una escultura fragmentada. La atmósfera general está inmersa en una luz cálida y difusa que envuelve a los personajes principales.
Un rasgo técnico distintivo de esta obra es el tratamiento del color y el modelado textil. Los pliegues del vestido de la Virgen se disponen con un ritmo y una claridad que denotan un agudo conocimiento de la volumetría, la luz y la tridimensionalidad. La destreza del artista también se manifiesta en las veladuras sutiles del fondo y en los acentos de luz que confieren armonía al conjunto.
En esta pintura, se observa una clara preferencia por la claridad narrativa. Cada personaje está dispuesto de forma ordenada, con gestos discretos pero expresivos. La escena no busca imponerse por su espectacularidad, sino conmover a través de la ternura y la intimidad. La construcción del espacio responde a una lógica simbólica más que naturalista. Aunque existe una intención de profundidad, la perspectiva se subordina a la jerarquía de las figuras, de modo que la Virgen y el Niño, situados en el eje central, dominan la composición y guían la mirada del espectador hacia el corazón devocional de la escena.
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José de Páez nació en 1720 en la Ciudad de México, según nos informa Manuel Toussaint (pág. 177), hijo de María Benites y del español Balthasar de Páez, maestro examinado en el arte de leer, escribir y contar, según documentación del Archivo General de la Nación. Probablemente Páez fue el pintor oficial de la Orden Betlemita, ya que hay retratos de miembros de esa orden pintados por él en México (Bonnequi), Guatemala (1753) y Perú (1768). La última pintura fechada que se conoce de José de Páez es Un milagro en la mar de San Francisco de Paula en el Templo de Santa Rosa de Viterbo, en la que se registró la inscripción “Pintó y decoró Páez. Año de 1801” (Velásquez Chávez, 593). Debe haber fallecido poco después. El cuadro, constituye una serie de quince escenas de la vida de la virgen María.
Este bello lienzo ilustra el pasaje cuando la Sagrada Familia huye de Herodes hacia Egipto. El Evangelio de Mateo (II, 13-15) es la única fuente bíblica que nos da razón de este acontecimiento en un pequeño texto: “Después que ellos partieron (los Magos), un ángel del Señor apareció en sueños a José, diciéndole: ‘Levántate, toma al niño y a su madre, y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes ha de buscar al niño para matarlo’. Levantándose José, tomó al niño y a su madre de noche, y se retiró a Egipto, donde se mantuvo hasta la muerte de Herodes”.
El paisaje de esta pintura está representado a la izquierda por el tronco de un árbol rodeado de arbustos; más al fondo, al centro de la escena, hay una palmera y en el extremo derecho se encuentran más arbustos de varios tamaños. En el mismo lado derecho, Páez pintó un ídolo que cae de una columna que nos remite al episodio de la caída de los ídolos, relatado en los libros apócrifos: “Y cuando santa María y José llegaron a la aldea… se produjo un temblor en el asilo y una sacudida en toda la tierra de Egipto, y todos los ídolos cayeron de sus pedestales y se rompieron”. Y el sacerdote les dijo a los egipcios: “Él es el Dios verdadero, y no hay otro a quién servir, porque es realmente el hijo del Altísimo”.
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