Esta pieza despliega un programa simbólico de gran eficacia visual. La figura central, ataviada con el hábito jesuita, se presenta de pie, con la cabeza ligeramente inclinada, contemplando un cráneo coronado que sostiene con su mano derecha. El fondo se compone de un paisaje que culmina en un rompimiento de gloria en el cielo, enmarcando la figura del santo.
La composición está cuidadosamente estructurada para dirigir la atención del espectador. La figura del santo, que ocupa la mayor parte del espacio, conforma una masa oscura y estable. Una diagonal implícita, que se extiende desde el rostro del santo, pasando por su mano derecha, hasta el cráneo, establece un foco de atención claro en los elementos simbólicos de la obra.
Como se observa en otras obras de Martínez pertenecientes al acervo del Museo de Arte Sacro de Chihuahua, el uso del claroscuro no solo modela las formas, sino que también crea una atmósfera sobria, atemperando los elementos clave de la composición. Al respecto, es fundamental destacar la precisión anatómica del dibujo. El artista demuestra un buen conocimiento de la estructura ósea facial y de la musculatura de la mano, lo que le permite lograr una expresión convincente y naturalista. La paleta de color empleada por Martínez, aunque austera, revela una cuidadosa selección de tonos. Los tonos tierra del fondo y del pilar arquitectónico dialogan armoniosamente con los encarnados del rostro y las manos del santo.
La calidad de ejecución de esta pintura es un claro testimonio del estatus artístico de Francisco Martínez. Más allá de su función devocional, esta obra se erige como un objeto cultural significativo, proporcionando un valioso testimonio de la materialidad y las soluciones técnicas empleadas en la pintura del siglo XVIII novohispano.
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El Museo de Arte Sacro de la Catedral de Chihuahua conserva un este lienzo que forma parte de uno de los seis lienzos del pintor novohispano Francisco Martínez, en los que están representados siete ilustres varones de la Compañía de Jesús.
San Francisco de Borja nació el 28 de octubre de 1510: fue nieto del papa Borgia, Alejandro VI y del rey Fernando V de Aragón; asimismo, primo del emperador Carlos V en cuya Corte ingresó a los 18 años. Debido a su empeño por extender la presencia de la Compañía en la Península Ibérica, se le ha considerado como el Fundador de la Orden en España. En 1561 fue elegido Tercer General de la Orden y en los siete años que ejerció el cargo, promovió a tal grado las Misiones y la evangelización, que se le ha llamado el Segundo Fundador, ya que no solo fundó la Universidad Gregoriana de Roma, sino que estableció la Provincia en Polonia y consiguió extender la presencia jesuita en Francia, reformando también las Misiones en la India, en el extremo oriente, e inició las Misiones en el Nuevo Mundo. Murió el 30 de septiembre de 1572. (Butler, IV, 75-9). el santo aparece de pie, con el hábito de la orden, contemplando una calavera coronada que alude al pasaje iconográfico más representado de su vida. El episodio refiere que, en 1539, acompañando el traslado del cadáver de Isabel de Portugal, esposa de Carlos V, a la Catedral de Granada en donde sería enterrada, contempló el desfigurado rostro de la Reina y sufriendo una fuerte impresión expresó en esos momentos la frase: “Nunca más, nunca más servir a Señor que se me pueda morir”. Este acontecimiento fue crucial en el rumbo que tomaría su vida, ya que fue determinante en su decisión de abandonar el mundo y dedicarse al servicio de Dios.
San Francisco de Borja, con el cuerpo ligeramente inclinado, parece expresar cansancio, aunque la expresión atenta y ensimismada de su rostro al contemplar la calavera que sostiene en su mano izquierda se ve acentuada por el gesto y el movimiento de la otra, propiciando con ello la impresión de una reflexión más trascendente y profunda.
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