Santa Rosa está arrodillada, recibiendo un anillo del Niño Jesús, sostenido por la Virgen María, quien a su vez le entrega un rosario. La santa lleva una corona de rosas, viste un hábito blanco y un velo negro. La composición tiene una marcada diagonal que conecta la mirada y la mano de la santa con la figura de Cristo. El tema se refuerza con la figura elevada de Dios Padre y la paloma que se cierne sobre ella, simbolizando al Espíritu Santo; elementos que enmarcan la narrativa de la obra. Debajo de Santa Rosa, un libro y lirios descansan sobre un escalón.
El fondo arquitectónico, posiblemente representando a Lima, sitúa la escena en el contexto histórico de Santa Rosa, aumentando su relevancia local. El uso de rojo visible de la imprimatura contrasta con los tonos más oscuros, una elección deliberada para destacar las figuras sagradas y atraer la atención hacia el evento místico. El impacto emocional de la pintura se intensifica por su composición vertical, que guía la mirada hacia arriba desde la postura humilde de Santa Rosa hasta las figuras divinas superiores.
Posee una paleta de colores rica y contrastada, con un uso dramático de la luz y la sombra para realzar la expresividad de las figuras y crear una sensación de profundidad. Las formas de los ropajes son voluminosas y dinámicas, acentuando el movimiento y la teatralidad de la escena. Los rostros de los personajes, aunque idealizados, muestran un grado de naturalismo en su expresión. La factura de la obra varía desde pinceladas suaves y fusionadas en las carnaciones hasta toques más vibrantes y texturizados en los detalles ornamentales o en la representación de los elementos celestiales.
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En 1995 Clara Bargellini consignó en notas de campo la firma “Arellano f”, todavía parcialmente visible según recién constató Gerardo Espinosa – a la fecha de este registro en 2025 no se pudo apreciar vestigio de la firma -. El lienzo, por lo tanto, correspondería a alguno de los pintores que así firmaron entre los años 1691 y 1721 aproximadamente (Uribe, 225-31). Lo anterior permite sugerir que el cuadro de santa Rosa fue hecho en la Ciudad de México en la última década del siglo XVII. Su traslado a Chihuahua, según la opinión de la doctora Bargellini, pudo haber sido obra de los jesuitas quienes profesaban especial devoción a la santa limeña y cuyo culto en ese poblado norteño se había incrementado con el traslado de pobladores del Mineral de Santa Rosa, Cusihuiriachi, al de Chihuahua.
Poco después de la muerte de Rosa en 1617, se compuso su biografía a raíz de la fama de santidad que había cultivado en vida. Esto propició, como es natural, la proliferación de las representaciones de la Santa, especialmente a raíz de su beatificación en 1668 y de su canonización en 1671 cuando, principalmente, los dominicos se empeñaron en contratar a destacados artistas para que realizaran estos trabajos para sus iglesias y conventos.
La composición muestra en primer plano a la santa limeña arrodillada al lado de la virgen María que sostiene a Jesús Niño en brazos. Sobre ellos están Dios Padre y la Paloma del Espíritu Santo entre nubes luminosas. La misma Virgen y el Niño parecieran estar en un trono de espesas nubes a cuyos pies destaca un trío de querubines. Santa Rosa viste el hábito blanco de las terciarias dominicas con manto negro y lleva sobre la cabeza una corona de rosas, uno de sus atributos distintivos; con la mano derecha toma la mano de Jesús que a su vez sostiene una rosa, y con la izquierda recibe un rosario de la Virgen. Está hincada en una banqueta de piedra y junto a ella aparece un libro y una azucena. Hacia el fondo, en el lado derecho del cuadro, se aprecia un rosal y un par de altos edificios.
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