En el centro de la composición, el cuerpo inerte de Cristo domina la escena, envuelto en un sudario blanco que resalta su figura contra el fondo oscuro. Este sudario, cuidadosamente dispuesto, cubre parcialmente su rostro y torso. La palidez de su piel contrasta con las tonalidades terrosas y sombrías del entorno. Dos figuras masculinas, posiblemente Nicodemo y José de Arimatea, sostienen el cuerpo con reverencia, reflejando el peso físico y emocional del momento.
A la izquierda, una figura femenina de pie, vestida con un manto azul profundo y un velo que enmarca su rostro, es identificable como la Virgen María. A su lado, otra mujer, posiblemente María Magdalena, se inclina hacia el cuerpo de Cristo, con las manos en el pecho como un gesto de lamento. Estos dos personajes crean una armonía cromática que guía la mirada del espectador a través de la escena, y forman un núcleo emocional que ancla la composición.
En el fondo, aparece una escena secundaría: “Cristo es llevado a su sepulcro”. Su disposición en un plano elevado sugiere una separación narrativa anterior a la escena principal. El paisaje con colinas oscuras y un cielo tormentoso, añade un tono dramático a la historia.
La composición de la pintura busca guiar la atención del espectador hacia el elemento central, intensificando la carga emocional. Las líneas diagonales de los brazos y las posturas inclinadas de los personajes crean un dinamismo que contrasta con la quietud del cuerpo de Cristo. La luz, aplicada con un efecto teatral, ilumina selectivamente el rostro y las manos de Cristo, así como las expresiones de las figuras que lo rodean, un recurso poético que el artista sabe manejar muy bien.
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La representación de Chihuahua respetó mucho la composición original del grabado en las posturas, ademanes, ropajes y fisionomías.
La lectura del cuadro empieza por la escena complementaria, en la esquina superior izquierda, donde se representa el momento en que llevan al cuerpo muerto de Cristo para ser sepultado. José de Arimatea, Nicodemo, san Juan, la Virgen, la Magdalena y otro personaje no identificado; tal vez otro discípulo o un guardián, cargan delicadamente el cuerpo amortajado de Cristo hacia una gruta.
Es de notar que la mortaja también envuelve la cabeza de Cristo para evitar que su boca se abra. El sepulcro pertenecía a José de Arimatea, tallado en la misma roca del Monte Calvario. La escena principal ilustra el momento preciso en que, una vez dentro de la cueva, se está depositando el cuerpo de Cristo en el sepulcro. Nuevamente el Cuerpo de Cristo está rodeado de una multitud: la Virgen con la Magdalena, José de Arimatea, Nicodemo, san Juan, otro personaje masculino y otra de las santas mujeres.
Es poco usual y hasta un poco reiterativa la combinación de ambas escenas. No obstante, la última se ha interpretado tradicionalmente como una alusión al sacrificio de la Misa, cuando el Cuerpo de Cristo se presenta al fiel en el Santísimo Sacramento (Judson, 216-19).
Alcíbar dispuso el grupo de tal manera que la vista del cuerpo muerto de Cristo se expone sin obstáculos al espectador.
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