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Obra: Pentecostés

Autor: José de Alcibar

Fecha: Siglo XVIII

Técnica: Óleo sobre tela

Dimensiones: 125 x 105 cm

Colección: Museo de Arte Sacro de Chihuahua

Fuente: Bargellini Clara 2019 [CB], pp 77-78

La pintura, de formato ovalado y tonos oscuros, representa la escena de Pentecostés, un evento fundamental en la tradición cristiana. La composición es dinámica y centrada, guiando la mirada del espectador hacia la figura principal y el elemento celestial.

En el centro de la obra, destacada por una luz tenue que la ilumina desde arriba, se encuentra la Virgen María. Ella está vestida con una túnica roja y un manto azul. Sus manos están unidas en un gesto de oración, y su mirada se dirige hacia arriba, hacia la paloma que simboliza el Espíritu Santo.

Alrededor de la Virgen, en un semicírculo que llena la parte inferior de la obra, se agrupan los apóstoles. Sus figuras están dispuestas en diversas posturas, lo que añade un sentido de movimiento y fervor a la escena. Algunos están de rodillas, otros sentados o reclinados, y la mayoría miran hacia arriba, siguiendo la dirección de la mirada de María y el descenso del Espíritu Santo. Las expresiones en sus rostros varían desde el asombro hasta la reverencia, reflejando el impacto del evento. Sus vestimentas, aunque de colores oscuros, muestran pliegues y texturas que sugieren la materialidad de los ropajes.

El fondo de la pintura es prácticamente inexistente, sumido en una profunda oscuridad que acentúa el aislamiento de las figuras y la intimidad del momento. La única luz significativa proviene de la parte superior, donde una paloma blanca, rodeada por un halo luminoso, desciende. Desde la paloma, una serie de rayos de luz, que culminan en pequeñas flamas o lenguas de fuego, se dirigen hacia las cabezas de los presentes, aludiendo al don de lenguas y el descenso del Espíritu Santo. Este elemento celestial no solo ilumina la escena, sino que también establece el punto focal superior y la conexión divina.

[CDR]

Tal como se narra en las Sagradas Escrituras, estando reunidos los apóstoles en el cenáculo, atemorizados tras la muerte y Ascensión de Jesús, descendió sobre ellos el Espíritu Santo para dar cumplimiento a lo que Jesús les había anunciado así como para infundirles valor y dotarles del don de lenguas: “De repente vino del cielo un ruido semejante a un viento impetuoso que llenó toda la casa donde se encontraban. Entonces aparecieron lenguas como de fuego que se repartían y se posaban sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en lenguas extrañas…”.

El autor de este cuadro ha utilizado una paloma blanca para representar al Espíritu Santo, misma que en este caso desciende envuelta en una zona de mayor claridad, pero para enfatizar lo que aconteció ese día, dicho artista no olvidó incluir las pequeñas flamas de fuego que descienden sobre las cabezas de los apóstoles. Como era habitual en las representaciones de este tema, ha plasmado a María al centro – vestida con la habitual túnica rosa y el manto azul– rodeada por los doce apóstoles, los cuales quedan ahora distribuidos en dos grupos de seis cada uno, en varios planos de profundidad.

Las figuras del frente son las que quedan más iluminadas mientras que, las que ocupan los planos profundos, quedan casi sumidas en las sombras. Empero, obsérvese el acierto de incluir la figura del apóstol que ocupa el primer plano del lado izquierdo de la composición, la cual plásticamente se percibe por contraste, pues queda a contraluz. A ello se viene a sumar el hecho de que, asimismo, el artista ha concedido gran importancia al valor simbólico implícito a la venida del Espíritu Santo, y por ello ha sumido a las figuras en las sombras para que así y por contraste, los fieles percibieran la luz de Dios que descendía sobre la humanidad, representada por el Colegio Apostólico.

[CB]

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