La composición de la pintura está estructurada en un formato ovalado, un recurso estilístico que enmarca la escena de manera casi teatral. Este formato ovalado no solo concentra la atención del espectador en el centro de la obra, sino que también evoca una sensación de intimidad y recogimiento, acorde con el carácter privado del nacimiento.
En el enfoque principal de la composición se encuentra la Virgen arropada por una figura femenina, con una postura serena, sosteniendo en sus brazos a la recién nacida. Al fondo de la escena, sobre una cama, está Santa Ana, con las manos unidas en señal de oración, quien refleja una imagen de agotamiento. A su lado, se observa a San Joaquín, el padre de la Virgen, quien aparece de pie, vestido con una túnica azul y un manto rojo que cae con elegancia sobre sus hombros. Su gesto, con las manos entrelazadas o ligeramente extendidas, refuerza su papel como patriarca y protector. La suavidad de las figuras, con la armonía equilibrada en pesos equivalentes de color, otorgan a la obra un conjunto armónico, sencillo, pero efectivo.
La iluminación de la pintura parece emanar de una fuente interna, este manejo no solo resalta los contornos y las texturas de los paños y las vestimentas, sino que también guía al espectador a través de la escena, desde Santa Ana a la Virgen hacia las figuras secundarias y, finalmente, hacia los detalles del entorno. El espacio arquitectónico, apenas sugerido por un dosel con cortina que enmarca la escena, evoca un interior arquitectónico cotidiano.
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Este cuadro al parecer hace juego con el que de Pentecostés se guarda en este mismo acervo. Así lo permite suponer no solo el que ambos lienzos comparten algunas características de orden material, como son el de adoptar la misma forma ovalada y tener medidas muy cercanas, sino también, aunque no se advierta a primera vista, el que los dos pueden entenderse como pasajes en que interviene la virgen María. Así, es muy probable que los dos cuadros hubiesen formado parte de una serie –ahora perdida o diseminada– en que se narraban diversos momentos de la “Vida de la Virgen”.
Joaquín y Ana, los padres de la Virgen, después de muchos años sin haber podido tener hijos, sus ruegos por fin fueron escuchados y un ángel les anunció que engendrarían una hija a la que deberían poner el nombre de María. La madre de la Virgen se encuentra recostada en su cama, casi al fondo de la composición, mientras que en los primeros planos vemos a las sirvientas, en número de dos o tres, ocupadas en lavar, vestir y cuidar a la Virgen niña. Con frecuencia se incluye otra sirvienta más que le lleva a santa Ana una taza sobre un plato con algo de comida, misma que aquí no se encuentra. Por lo que toca a san Joaquín, en general este no tiene un lugar ni un papel fijo; sin embargo en el cuadro que nos ocupa, curiosamente se ha desentendido completamente de la recién nacida, dejando que las sirvientas se hagan cargo de ella y parece atender a su esposa, quien con las manos juntas eleva una oración y su agradecimiento a Dios por el feliz suceso.
El cuadro exhibe un buen oficio apoyado en la confección de rostros y manos convincentes, así como un manejo bien contrastado de los colores y el eficaz empleo de la luz.
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