La composición se organiza alrededor de la figura central del Niño Jesús, quien es el punto focal de toda la obra. El infante desnudo yace sobre un pesebre, irradiando una luz sobrenatural que ilumina los rostros de los presentes. Flanqueando al Niño se encuentran la Virgen María y San José. María, vestida con un manto azul y túnica roja, se presenta arrodillada con las manos juntas en oración, su mirada fija en su hijo. San José, situado a la derecha del formato, también adopta una postura de adoración, con su mano sobre el pecho y su mirada dirigida hacia el Niño.
Alrededor de la Sagrada Familia se agrupan los pastores. Sus vestimentas son sencillas y sus rostros muestran una mezcla de asombro, reverencia y curiosidad. La inclusión de un pastor arrodillado en primer plano, con las manos abiertas, acerca la escena al espectador, invitándolo a participar en el acto de adoración. Detrás de él, otros pastores se asoman, sus figuras creando una sensación de profundidad y aglomeración que refuerza la atmósfera de expectación y maravilla.
En la parte superior de la pintura, aparece un grupo de querubines que flotan sobre una nube. Estos seres sostienen un banderín con una inscripción latina: “Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad”.
La composición es piramidal, con el Niño Jesús en el vértice inferior y las figuras ascendiendo a su alrededor, culminando en los ángeles en la parte superior. Esta disposición crea un sentido de estabilidad y orden, a la vez que dirige la mirada del espectador hacia el punto focal. La interacción de las miradas de los personajes, todas convergentes hacia el infante, refuerza la unidad temática y emocional de la obra. A pesar de la multitud de figuras, la composición no resulta abigarrada, manteniendo un equilibrio visual que permite apreciar los detalles individuales.
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Páez repite la fórmula de otros pintores novohispanos al desarrollar la escena en dos zonas, uniendo perfectamente las atmósferas celestial y terrenal por medio del rompimiento de gloria. Es el Evangelio Armenio de la infancia (X 2) que junta el instante del canto celestial que nos narra san Lucas, con el momento de la adoración de los pastores. “Y, después de haber oído al ángel, los pastores –en número de quince– fueron aprisa al paraje que les indicara aquel. Y viendo a Jesús, se prosternaron ante Él y lo adoraron. Y alababan en voz alta a Dios, diciendo: ‘Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz y buena voluntad para con los hombres’. Y cada uno de los pastores volvió a su rebaño, alabando y glorificando al Cristo”.
Esta hermosa obra muestra el momento en que los pastores adoran al Niño Jesús, quien se encuentra acostado en un pesebre sobre una almohada, con un paño blanco encima de una gavilla de paja. La Virgen representada en actitud de orar está arrodillada, con las manos juntas, frente al Niño Jesús desnudo. José observa al Niño igual que María, complacido por el evento. Acompañan a la Sagrada Familia cinco pastores, dos de los cuales se encuentran de rodillas y los otros tres parados, todos con reverencia y decoro. La iluminación de la escena tiene su origen en la figura del Niño; es una luz fuerte y clara que ilumina los rostros y matiza los colores de las vestiduras, principal mente de María y José. Fue entre los pintores flamencos que se hizo frecuente el tema del Niño luminoso, inspirado probablemente en el relato de una visión de santa Brígida.
En esta pintura, la filacteria es sostenida por dos pares de querubines. En el fondo, a pesar de la oscuridad, se distingue un muro de ladrillos y una especie de torre al centro, que recuerdan la cercanía al poblado de Belén.
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